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Las trabajadoras domésticas: la puerta de entrada para hablar de economía del cuidado

Si se miran los indicadores de las actividades que más aportan al Producto Interno Bruto (PIB) en Colombia, resaltan actividades como el comercio, el transporte y la comida en Bogotá; la educación y la salud en la zona central del país; la industria manufacturera y el comercio en la región oriental.

Por ningún lado aparece la economía del cuidado, un conjunto de labores que en total aportan el 20 % del PIB en el país.

Esa es la realidad de la economía del cuidado, un sector fundamental para el desarrollo económico de los países que usualmente permanece invisible en los informes y reportes nacionales.

Por economía del cuidado se entienden todas las labores relacionadas con el mantenimiento del hogar y los cuidados a otras personas. Usualmente es un trabajo realizado por mujeres y es, sobre todo, una labor no remunerada que permanece invisible por desarrollarse al interior de las casas, en el espacio privado.

Una de esas labores dentro del conjunto de la economía del cuidado es el que desempeñan las trabajadoras domésticas, las mujeres que usualmente realizan labores de cuidado, aseo y mantenimiento dentro de un hogar, una labor que si bien se supone es remunerada, sigue siendo escenario de muchas injusticias económicas y de violaciones de derechos que permanecen invisibles y que no se reconocen. Incluso en algunos casos sigue sin ser remunerada.

“El trabajo doméstico hasta hace poco está siendo reconocido como un trabajo por estar dentro de esa gran categoría, que nos regala la economía feminista, que es la economía del cuidado. Cuando el cuidado se asigna socialmente a las mujeres como algo natural, que nos corresponde, no se identifica como un trabajo y mucho menos con derechos. Es hasta ahora que empieza la discusión y que debe empezar por que todos y todas reconozcamos socialmente el valor del trabajo del cuidado, el valor del cuidado de la vida que hacwn la trabajadoras domésticas en los hogares”, asegura Ana Teresa Vélez, directora de educación de la Escuela Nacional Sindical, una organización que vela por los derechos de los trabajadores en Colombia.

El pasado jueves 19 de septiembre, Ana Vélez fue una de las ponentes en el “Foro Empleadores y empleadoras, Desafíos para la formalización del trabajo doméstico”, un evento, organizado por varias de las organizaciones que conforman la Mesa Nacional de economía del cuidado, que buscaba discutir varios de los obstáculos que el trabajo doméstico sigue enfrentando en el país. En esta ocasión específicamente el objetivo era discutir el papel de uno de los actores en la red del trabajo doméstico: los empleadores y empleadoras de las trabajadores domésticas.

“El tema del trabajo doméstico incluye a los gobiernos, a los empleadores y empleadoras, a la sociedad en general y a las mismas trabajadoras domésticas. Cada uno de esos actores tiene unos roles que han sido identificados en el Convenio 189 de la OIT sobre el trabajo doméstico. Eso implica identificar cuál es ese rol, cuáles son las responsabilidades, los obstáculos y las posibilidades que pueden tener cada uno de esos actores”, asegura Ana Vélez.

Según ella, en Colombia siguen siendo muchas las dificultades que enfrentan las trabajadoras domésticas, como la baja remuneración y el no pago de las prestaciones básicas que se le deben garantizar a un trabajador. Son dificultades que enfrentan también los mismos empleadores, asegura, pues muchas veces aquellos que buscan garantizar las condiciones laborales dignas —como la afiliación a servicios de salud— se encuentran con trabas que en el caso de los empleadores, por ejemplo, les impide garantizar las condiciones dignas básicas de trabajo. También están, claro, asegura Ana Vélez, los empleadores que simplemente se rehúsan a garantizarles esos derechos por considerar a las trabajadoras domésticas como alguien de la familia que “les ayuda”, más no como un trabajador.

“Según los estudios que se han hecho, el trabajo doméstico es más demandado en los estratos 1 y 2 en Colombia. Esos estratos socieconómicos, por sus ingresos, tienen mayores dificultades para garantizar lo mínimo, que es el salario. Ahí es donde más concentran las dificultades para la garantía de derechos, en los estratos que difícilmente acceden a un salario digno y que por esa razón tienen dificultades para garantizar los derechos de la trabajadora doméstica que hace la labor en sus hogares”, asegura Vélez.

A pesar de todas las dificultades, el trabajo doméstico es la cara más visible y más fácilmente reconocible de todo el espectro de labores que se identifican bajo el concepto de la economía del cuidado. En ese sentido, el trabajo doméstico, y la discusión por que sea una labor que se dignifique y en la que se garanticen derechos, puede ser una oportunidad para que la economía del cuidado sea un tema cada vez más presente en las agendas nacionales de los países y que una cara de la economía que permanece invisible se empiece a reconocer. 

“Es con este tema, el de las trabajadoras domésticas, que empieza a enunciarse el cuidado como una gran sombrilla, una gran acción que las mujeres realizamos en Colombia que vale el 20 por ciento del PIB y que antes no se reconocía ni se contabilizaba y qeu hoy empieza a hacerse ese reconocimiento. Hablar del trabajo doméstico es una puerta grandísima para poder hacer reconocimiento de la labor del cuidado en muchos otros ámbitos que se realiza en el país”, asegura Vélez.